La Yegua

‘Qué curiosa es la vida’, diría él. Yo trataría infructuosamente de clarificar el asunto, pero es dificil explicar cómo las pequeñas decisiones nos llevan a lugares abismalmente distintos, cómo hay cosas, gente, y lugares que aunque no queramos parecen ser centrales en nuestras vidas. A veces parece que el mundo gira en un torbellino vertiginoso, otras parece que podemos vislumbrar un sentido de orden detras de todo. Pero sí, esa frase lo explica mejor. Qué curiosa es la vida.

Lo encontré entre el polvo, a ocho kilómetros al sur de Nuevo Laredo. Todo de él decía ‘viajero’. Estaba parado junto a la carretera, donde la rampa de Pemex se une al torrente de camiones que avanza inexorablemente al sur. No recuerdo que me haya hecho alguna señal, pero por alguna razón me detuve y él, tras echar su maleta en el asiento de atrás, subió a mi lado. No creo que exista algúna especie de designio universal, pero si lo hiciera, nos daría órdenes a través de impulsos inexplicables y sugerencias de viaje inesperadas.

Usa un viejo par de lentes oscuros, con un marco café, como los que usaba mi papá cuando era jóven. Su piel, antes clara, ahora brilla roja como una hormiga. Los cabellos de su cabeza y sus brazos se han desvanecido por culpa del sol, son ahora un rubio plateado.  El sol, el viento y el polvo han dejado su marca en él. Me es imposible adivinar su edad. Todo de él dice ‘sol’, todo de él dice ‘gastado’. En su vida ha sido muchas cosas, me dice, pero lleva un rato siendo camionero. No dice transportista. Se llama ‘La Yegua’. Algunos otros le llaman Sergio, pero sólo son aquellos que no lo conocen. Él se llama a si mismo La Yegua. Algún origen tiene ese nombre, pero no lo recuerda o no es lo suficientemente interesante para contarmelo.

¿De dónde vienes? Pues de Nuevo Laredo, ahi me recogiste. Jaja, pero originalmente ¿dónde creciste? Soy de Sinaloa, de Guasabe, pero dejé mi hogar cuando tenía 12 años. ¿Y no has vuelto? No, al hogar no se puede volver. Puedes regresar a tu casa, pero al hogar no se puede volver jamás. Mis padres ya habían muerto y mis hermanos se habían ido. Nunca puedes regresar. ¿Y a dónde vas? Ahorita, hasta donde me lleves. Pero voy rumbo a mi casa, en Guasabe. Ya estoy cansado de andar, quiero descanzar un rato. Acabo de vender mi camión en Nuevo Laredo, por partes, con ese dinero puedo descanzar un rato. Qué curiosa es la vida, ¡de pensar en cuánto trabaje en ese camión!

Pasan los kilómetros bajo nosotros. Baja el sol, y bajo tambien la visera del techo de mi auto. La Yegua echa un vistazo a las fotos que estan pegadas en él, pero no dice nada. Yo noto su mirada y le digo, ¿Sabes de un lugar llamado Mocorito, cerca de Guasabe? Sonríe y dice, Claro, las mujeres más guapas de Sinaloa son de por ahí. Tienen sangre griega, por ahí. Pregunto estupidamente: ¿Cómo, de Grecia? Si, unas familias. Sonrío y apunto con la barbilla a una foto: Esa es mi novia, su papá viene de Mocorito. ¿Enserio?, me pregunta. Mi esposa nació por ahí, tambien.  Qué curiosa es la vida, dice. Mujeres muy guapas las de ahí, repite. No hubiera pensado que La Yegua estaba casado.

La Yegua tiene hambre y tiene sed y tiene sueño, y tiene sólo un puñado de pesos para llegar hasta Sinaloa. Le compro un bote de agua y un sandwich y él duerme un rato. Todo de él dice ‘desahuciado’. Ansio que me cuente cosas, se nota que él ha visto mucho pasar, pero por detrás de sus lentes veo sus ojos cerrados y adivino que esta dormido. Su cuerpo no da más señales, parece estar siempre atento. Un camión pasa volando a nuesta izquierda. El ruido y la onda de aire que mueve mi carro lo despierta. Viene bien empericado, me dice, refiriendose al camión. Pastillas para no dormir. Noto que esta incomodo con mi conducir, aunque me concidero muy prudente. Le pregunto si ha estado en accidentes.

¿Conoces la carretera Monterrey-Saltillo? Le digo que sí. Hay una curva muy peligrosa en el kilómetro cuarenta y dos. Viajaba en una pickup, no iba conduciendo yo, sino un amigo. Al momento de dar la curva, de entre la niebla sale un remolque de frente, invadiendo nuestro carril. Mi amigo se sale de la carretera y nos volteamos. Esto fue hace mucho, no había bolsas de aire. Mis dos piernas se rompieron, en tres lugares la derecha. Tenía varias costillas rotas, un hombro dislocado, el brazo izquierdo fracturado. Ahora tengo siete tornillos, otras tantas grapas, y una placa en la cabeza. Madres, digo yo, pero bueno, que suerte que saliste vivo. Guardamos silencio por varios minutos. De repente echa aire por la boca, no se si riendo o suspirando.

Hay que ver, qué curiosa es la vida. En ese mismo tramo, dos años después, mi esposa tuvo también un accidente. Viajaba en un Chevy, tampoco conducía ella. Nuevamente salió un camión, invadiendo el carril en el que ella viajaba, pero su conductor no alcanzó a sacarle la vuelta. Te juro que fue en la mismísima curva, el mismo tramo. Los kilómetros pasan bajo nosotros. ¿Y cómo le fue? pregunto después de un rato. Falleció, me dice. Los kilómetros siguen pasando bajo nosotros silenciosamente. Qué curiosa es la vida, repite.

Lo dejo en el periférico, en el puente Santa Rosa, a las afueras de Monterrey. Ahí conseguira quién lo lleve a Saltillo, me dice. Y luego a Torreón, y luego a ver a dónde. Adiós, le digo, adiós, me dice. Suerte, le digo, igualmente, me dice. Avanzo sólo unos metros, pero ya no lo encuentro en el retrovisor, se confunde entre otros tantos que esperan un aventón. No se si habrá llegado a Sinaloa, me imagino que sí. Quizá luego me tope con él, la vida es muy curiosa.

~ by vandrerol on 2008.October.15.

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